Comienza la floración de los cerezos en el Valle del Jerte. Es el momento de hacer ruta por Extremadura. Estamos en pandemia y es la única comunidad abierta para ir desde Madrid. La cerrarán en los próximos días pero, para entonces, ya estamos allí. Iniciamos la ruta en Malpartida de Cáceres.

Llegada al Valle del Jerte

Los «Plaza de los Paraguas» de Malpartida de Cáceres con sus 1.500 paraguas que protegen de los calores del verano y son un estupendo reclamo turístico para el pueblo.

Estrenamos portabicis para la furgo que nos va a permitir mas holgura en el interior. 

Llegada al Valle del Jerte

Llegamos a Malpartida de Cáceres justo a tiempo para tomar la habitación, dejar los bártulos y comer en la plaza solitaria de los famosos paraguas ahora sin ellos. Un municipal (debe ser el único), no nos quita ojo y, pasado un rato se nos acerca y nos advierte que debemos ponernos las mascarillas entre plato y plato, que «..os he visto..!!!». Está claro que el tipo se aburre en el pueblo y somos la novedad. «Si señor guardia…, mascarillas arriba». Y se va sin quitarnos ojo hasta que parece que acaba su turno, son ya más de las tres.

El posadero, que aunque aparentemente tenía todo cerrado (estábamos en pandemia), también nos sirvió la comida en la misma «Plaza de los Paraguas» y bajo la mirada atenta del municipal a nuestras mascarillas. 

Teníamos una «habitación – apartamento» para los cuatro en la planta más alta de la «Posada de María», que así se llama.

Y después de un ratito de descanso, vuelta por el parque natural de los Barruecos, escenario de Juego de Tronos, bajo la mirada atenta de las cigüeñas que, a decenas, copan los puntos mas altos y sólidos, rocas, postes de luz, campanarios y cualquier lugar que pueda soportar el enorme peso de sus nidos.

En las rocas más altas, dos cigüeñas nos vigilan atentamente desde sus nidos como preguntándose… «que harán esos intrusos por nuestros dominios…?».

 

Un elemento principal de los Barruecos son las charcas llenas de flores que crecen sobre el agua (ranúculos acuáticos) ya que son un verdadero espectáculo de color. Grandes charcas alimentadas por arroyos que forman parte de la cuenca del río Salor, en el que desembocan unos kilómetros más al sur.

Charcas y rocas entre las que hay veredas que se recorren bien a pie pero que en bici es un poco más complicado. Aún así se pueden pasar aunque haya que poner pie a tierra en algunos tramos.

Y junto a una de esas charcas se encuentra el escenario de rodaje de uno de los capítulos de «Juego de Tronos». Cuesta creer que el bravo mar donde se hunde estrepitosamente el dragón herido no es más que una pequeña lagunilla de no más de un metro de profundidad. Milagros del cine.

En este paraje tuvo lugar el rodaje de «La Batalla del Dragón» en la que, según se lee en el panel, el dragón aparece tras una peña lanzando fuego a discrección contra las tropas de «Dothrakis» y cargándose a medio ejército.

 Continuamos por el parque entre charcas, cigüeñas y rocas que configuran un paisaje que hace honor a su nombre «Parque Natural de los Barruecos«.

Finalmente, y después de un recorrido no muy largo pero bastante accidentado, terminamos la jornada con una buena ensalada extremeña acompañada de unos huevos con jamón y algo más que ya no recuerdo porque conocida es mi memoria de pez. Eso si, se nos ve un poco cara de cansados, no ?.

Y a la mañana siguiente (segundo día de ruta)….

Ciertamente la «habitación – apartamento» para cuatro de «La Posada de María» tenía sus ventajas pero también sus inconvenientes. Al despertar llegan las acusaciones de quien no ha dejado dormir a quien y se descubre aquello de que «unos llevan la fama y otros cardan la lana«, y el resto de colegas saben a que me refiero, aunque ellos dicen que…, unos más que otros.

Después de un estupendo desayuno extremeño en el bar de la posada empezamos el día con una visita cultural al museo Vostell de Malpartida.

El Museo Vostell de Malpartida fue fundado en octubre de 1976 por Wolf Vostell, artista hispanoalemán de reconocido prestigio internacional, figura fundamental del arte contemporáneo de posguerra, persona íntimamente vinculada a Extremadura desde su matrimonio con una extremeña.

Para los que no entendemos mucho o casi nada de este tipo de arte, tan sólo podemos elucubrar sobre el significado de lo que vemos: Un coche parapetado tras una pila de barras de pan envueltas en el mismo periódico con la misma noticia ?. O un aula con mesas y sobre cada una de ellas una TV muerta ?. …..

….. O un avión boca abajo con un coche encima ?. Eso si, las cigüeñas completan el «concepto». Da la impresión de que ellas lo han interpretado a la perfección. Para los entendidos se trata de  uno de los más importantes museos europeos de vanguardia

 Además de las salas de exposición, también se puede visitar el Centro de Interpretación de la Vías Pecuarias e Historia del Lavadero de Lanas en el mismo complejo.

De ahí seguimos hasta Brozas, a un hotel chulo, chulo, «Hotel Sostenible La Laguna» con fama de buen comer y a precios de menú diario, es decir, de los de «tres Bs».

Pensábamos ir en bici a Alcántara, comer allí y volver al hotel pero un pequeño contratiempo del que no quiero acordarme y que tiene que ver con mi prodigiosa memoria, retrasó la salida y lo dejamos para la tarde después de comer y descansar un poco.

Y después alojarnos y comer en el hotel, por la tarde pusimos rumbo a Alcántara por caminos que discurrían entre arroyos y charcas o lagunas, según su tamaño, todas ellas llenas del mismo manto de flores blancas.

A veces algunos arroyos eran casi riachuelos y había que hacer rodeos para sotearlos. Unos 25 km entre fincas extremeñas con encinas, jaras, vacas y ovejas y muchos cercados. LLegamos a Alcántara y atravesamos el pueblo buscando vistas al Tajo desde donde se pudiera ver el puente romano.

Y ahí está, majestuoso y casi eterno, 2.000 años le contemplan. Abajo el Tajo, al otro lado Portugal. Es realmente espectacular. Calatrava debería tomar nota de cómo se hace un puente para que dure.

Bueno, y ahora había que volver a Brozas. Lo malo era que estábamos junto al Tajo, muy abajo, había que subir hasta la meseta extremeña. «Tooo parriba». 

De vuelta, Antonio y yo salimos hartos de caminos y riachuelos y volvimos por carretera. Pedro y Juan no habían tenido bastante y prefirieron volver campo a través.

De vuelta al hotel, duchita, cena y partidito… Que no falte de na…!!! 

Mañana toca una buena. El oficial al mando no suelta prenda, mucho nos tememos que va a haber sorpresa…

Tercer día: Rumbo al Valle del Jerte. Ha comenzado la floración de los cerezos.

Entramos en el valle en la parte baja por la 110 buscando nuestro próximo destino, «Hotel Balneario Valle del Jerte». No podía ser de otra forma con Juan, en cada salida no puede faltar balneario con sauna y, si se presta, masaje para recuperar de las fatigas del pedaleo.

Además, puesto que estamos en pandemia, el hotel tiene precios de promoción y teníamos alojamiento, desayuno y balneario por un precio prácticamente irrisorio: Creo recordar que 25 euros/persona/día. 

Cogemos habitación y rápidamente nos ponemos a la faena. Montamos en las bicis por la ribera del Jerte entre cerezos en flor por un carril bici que alterna pista de cemento y tierra entre el río y las tablas de cerezos a uno y otro lado.

Ruta genial junto a la ribera del río, cauce arriba y sin perderlo de vista. Lástima que se nos hiciera un poco tarde y no pasamos de Cabezuela del Valle. Nuestra idea inicial era subir hasta cerca de Tornavacas.

 Llegamos hasta Cabezuela del Valle. Reponemos fuerzas en un chiringuito junto al río. Tortilla, ensalada, jamón,…., un tentenpie de ná…

Y vuelta al hotel desandando el camino, ahora río abajo, donde nos espera una hora de balneario con relajantes chorros de agua, sauna y reposo con hamacas con vista a la sierra.

Y por la tarde visita turística a Cabezuela del Valle. Calles laberínticas y empinadas por el caso viejo que evocan épocas medievales.

 

Buscamos un sitio para cenar y donde se pudiera ver el partido, que ya no me acuerdo cual era, y la parte contraria (los no futboleros) como siempre, peor que nuestras mujeres. «Ya estamos con el fútbol..». Al final, sólo cena con «bacalu dourada«, torta de casar y otros…, y a casita.

Día 4, Hervás y Puerto de Honduras.

Preparamos los motores como corresponde en el bufet del hotel y sacamos las bicis del hotel… Sorpresa…!!!, la de Antonio está pinchada…

La intentamos reparar, pero imposible. La hinchamos y parece que aguanta. En Hervás compramos líquido antipinchazos y andando. Comenzamos a subir el puerto de Honduras, entre Hervás y el Valle del Jerte. 14 km de Hervás a la cima, una subidita de aúpa…

Arroyos y más arroyos. Carretera estrecha sin coches, sólo algún despistado. La subida se hacía, laaaarga, larga, parecía que no acababa nunca. A cada curva venía otra, y otra, y otra…

No se veía el fin, no llegaba la cima del puerto, y eso que no eran más que 14 kms, pero que kms…!!.

Por fin, después de una agotadora subida, llegamos a la cima del puerto. Pedro y Antonio nos sacaron una considerable ventaja, el uno por motorizado y el otro porque había desayunado bien.  Juan andaba un poco mermado y yo en mi línea, «piano piano se llega lontano..»

El caso es que estábamos arriba. Hacía un frío del carajo y había que volver, y no iba a ser fácil.

Por delante había 14 km de bajada. Pues nada, a descansar un rato antes de comer. Pues no…!!, sobre la bici y bajando el frío penetraba hasta los huesos, sobre todo las manos. Aunque llevaras guantes de invierno daba igual. Juan los llevaba de verano, con los dedos al aire y tuvo que pararse a calentarlos. Se congelaban. De hecho, todos tuvimos que parar en algún hueco con sol de la bajada para recuperar un poco de calor.

LLegamos a la furgo con las manos congeladas, tanto que en el restaurante alguno nos pasamos un buen rato en el lavabo con ellas en el secador de manos antes de comer, y ni así. Y ya recuperados después de una comida calentita….

Por la tarde «Visita a la Judería de Hervás 

Y como colofón, Pedro cumple años. Quien diría que tiene los años que figuran en la tarta. «Ta hecho un chaval…» como todos nosotros, por supuesto.

Para celebrarlo nos hicimos una cena de despedida del viaje en el hotel…, tarta, regalitos…, no faltó de ná. Le cantamos «Feliz cumpleaños…» y se apuntó el resto de comensales del comedor haciendo coro.

Y se acabó, a la mañana siguiente, rumbo a Madrid y hasta la próxima.